martes, 24 de diciembre de 2013

CUENTOS MEDIEVALES

EL AMOR ES UNA INJUSTICIA



La tenue brisa del ocaso acababa de volver para concluir lo que no terminó el pasado invierno, aunque no conseguiría llegar hasta Benethor ni a Doromir. Sus murallas eran fuertes y no lograrían caer por muchos golpes que sufrieran, en cambio, sus plazas no resistirían los fuertes vientos ni las incansables lluvias que se acercaban. Eran pocos los que podían librarse de un simple resfriado y la supervivencia por aquellas estaciones era terrible. El mal atormentaba a quien se le cruzara por el camino. Al parecer, las puertas del castillo solo ayudaban a nobles y a ricachones de pueblos cercanos.

-¡¡¡Lilliam!!! ¡¡¡Lilliam!!!- gritaba Edmond con insistencia.

Los pasos de Lilliam cada vez eran más notables. Sus pisadas resonaban por todo el palacio haciendo que vajillas y jarrones se tambalearan suavemente. 

-¡¡Lilliam!! ¡¡Lilliam!!! ¿Dónde estará esta  hija mía? ¡¡Lilliam!!!

Apresuradamente, Lilliam apareció por la puerta del salón, silenciando al fin a su afligido padre.

-¿Me llamaba?, ¿a qué tanta persistencia, padre? ¡No puedo estar ni dos segundos sola si usted no para de gritarme!

-Dispensame querida, no quería asustarte, me gustaría que fueras a la fragua, tengo un encargo y no puedo disponer de mis servidores porque se encuentran al otro lado del reino.

-Está bien, usted sosiéguese un poco, no me demoraré.

Lilliam, la hermosa hija del rey, vivía en Benethor, junto a su padre, sus hermanas y el servicio. Las visitas por aquellos lares eran de lo más habitual. No podían esperar más de un día a ver caras familiares por el salón o en algunas otras habitaciones.

La joven de hermosa cabellera rubia recorrió todo el pueblo en busca de la fragua y logró encontrarla, aunque con tardanza. Cuando cruzó la puerta, lo único que puedo ver fue un establecimiento vacío. El fuego parecía haberse encendido en ese momento, aunque no lograba entender porqué no había nadie.

Repentinamente, escuchó una voz proveniente de la otra habitación y decidió seguirla.  Los gritos cada vez eran más intesos, parecía que alguien se encontraba en pleno combate.

Cuando por fin logró descubrir quien lanzaba los gritos, lo contempló durante unos instantes. Era un joven alto y fornido, con un gran espíritu de batalla.  Su mirada era intensa e insólita.  No había visto ojos tan verdes en su vida, le recordaban a las esmeraldas. Tenía una larga melena castaña que se movía al empuñar su espada. Parecía que se preparaba para combatir en los grandes torneos que se hacían en las plazas.

Lilliam se quedó patidifusa, no había visto a guerreros tan audaces como ese joven. De repente, perdió el equilibrio y cayó sobre unos tablones de madera, haciendo que el muchacho concluyera con su entrenamiento.

El muchacho se sobresaltó primero y luego se acercó sigilosamente. La joven se encontraba postrada sobre los tablones, con una de sus piernas lastimada.
-¿Qué hacías ahí, muchacha? ¿ Me espiabas?-dijo él, soltando una carcajada.
-¡Es usted un infame! No ayudarme sería su sentencia, herrero.

-¿Me está usted amenazando?- volvió a reír, pero esta vez con más ahínco.

-No diga memeces y ayúdeme.

El joven le ofreció su mano, para que ella pudiera volver a levantarse.

-¿No es usted de por aquí, verdad?

- ¿Me ves con cara de mendiga?

-Si con mendiga se refiere a torpe...

-Soy Lilliam, la hija de Edmond de la casa  de Benethor y no soy torpe ni mendiga.

-Así que tengo el placer de hablar con la princesa Lilliam... muy poco rauda para ser la princesa.

-¿Se burla de mí?-soltó un rugido y  su mano- Prefiero levantarme por mi misma, no necesito su pésima ayuda.- Por cierto, ¿Quién eres, zagal?

-Soy Christopher, herrero e hijo de Akill, ya fallecido en el anteriror solsticio de verano. ¿Por qué has venido?

-Vengo a recoger un pedido de mi padre, el rey.

-¿Te refieres a la espada de Adalwolf?, Está aquí, traída de las más altas montañas de Idanthyrsus. Aquí la tienes.

-Gracias...un placer haberte conocido Christopher.

-Vaya con cuidado y no vuelva a resbalarse- De nuevo rió.
Cuando Lilliam volvió al castillo, se dirigió irritada hacia su padre, que se encontraba sentado en el enorme sillón del salón.

-Padre, aquí tiene su maldita espada...

-¿A que tanto enojo, hija?

-No es nada, padre, simplemente cójala.

-Oh, Christopher ha hecho un buen trabajo, le diré que se pase por aquí.

-¡Pero padre!-soltó un soplido.

Lilliam intentó mostrar como un problema el juego que Christopher tenía con su espada, pero su padre lo tomó como algo bueno y pensó que no sería mala idea en entrenarle como caballero noble de Benethor.

A la mañana siguiente, Lilliam montó a lomos de Aika, que al parecer había dormido mejor que ella. Allí se sentía libre, sin nada que esconder al mundo. Aún recordaba el testarudo carácter de Christopher, que le enojaba, aunque sentía algo por ese joven, algo profundo y que aún no había salido a la luz.

Cuando bajó a desayunar se lo encontró sentado en la mesa del salón y decidió dar media vuelta.

-¿A donde vas, mujer? Vamos, siento haber empezado con mal pie. Por cierto, ¿cómo estás?

-No debería de referirse así a mi persona, y estoy bien, gracias. Lilliam siguió subiendo las escaleras.

-¡Siéntese aquí conmigo!, ¿No le apetece un poco de bizcocho?
-¡Cállese! ¡Es muy pronto para dar esas voces!

-Pues no pararé hasta que no se siente.

Lilliam no tuvo más remedio que sentarse junto a Christopher, que también desayunaba.  La joven le preguntó, qué había venido a hacer allí. Al parecer el muchacho había vuelto para hablar con su padre.

-Gracias- le dijo a ella.

-Gracias, ¿por qué?

-Por hacer que mi vida tenga algo de sentido y no ser un simple herrero de poca monta.

-¿Y qué he hecho yo?

-¿Usted?-soltó una simple risotada- Usted le dijo a Edmond lo que vio en la fragua.

Lilliam recordó que solo quería hacerle un mal, pero que las cosas no le salieron como ella quería. Al parecer no había vuelto sólo para hablar el rey, sino para agraderle aquella mala idea que tuvo, aunque por otra parte su corazón quería que Christopher se quedara unos días a vivir en el castillo, para que las murallas pudieran protegerle de aquellos terribles tiempos.

Edmond bajaba por la escalera apresurdamente con una leve sonrisa.
-Christopher, a ti te quería ver yo- Edmond se acercó al muchacho y le dio unas cuantas palmadas en la espalda.-Quería decirte que mañana al alba podrás venir aquí para entrenarte libremente con algunos de los caballeros de la corte, así te agradeceré lo que has hecho con la espada de Adalwolf.

-Gracias, majestad- dijo haciéndole una reverencia. Christopher se giró hacia Lilliam: "Hasta pronto, princesa".

Y después desapareció tras la puerta del salón.

-Oh, hija, antes de que se me olvide, quería decirte que esta tarde viene Henry, principe de Doromir y necesito que le causes buena impresión, puede que pronto unamos ambas casas.

Cuando Lilliam escuchó aquello, no dijo nada, simplemente su cara lo reflejó todo, el odio que ahora le tenía a su padre, era inmenso "¿le casaría con un extraño?".

Al caer la noche Banat, una de las sirvientas cogió el vestido más hermoso y enorme que Lilliam tenía en su armario. Era rojo y blanco, con mangas anchas y corsé.

Banat, se lo apretó de tal manera que a la joven no le quedó otra que resignarse. No le gustaban nada aquellos ropajes de gala, eran muy incómodos y no lograba acostumbrarse a ellos. Cuando se lo vio puesto, no puedo reconocerse. Pensó que si el destino de todas las princesas era aquel, no le gustaría que también fuera el suyo, pero debía de afrontarlo, si ella huía, toda la comarca se avergonzaría de Benethor, y eso es algo que su padre no permitiría jamás. En ese momento Lilliam pensó que le gustaría estar al lado de Christopher y que a la mañana siguiente podría volver a cruzarse en su camino.

Cuando Lilliam bajó las escaleras, se encontró a casi todo el reino de Doromir, y también a su futuro esposo. Era un hombre de mediana edad, demasiado mayor para ella. Tenía un gran mostacho y una barba considerable y lanuda de un color cobrizo. Su pelo era largo y castaño, parecía un poco sucio, aunque sus ropas decían lo contrario. Iba vestido con hermosos ropajes adornados y zapatos de buena compostura. El color predominante era el negro aunque en su calzado se apreciaba un poco de granate.

Lilliam volvió a pensar en Christopher, quería volverle a ver.

-¡Bienvenidos a Benethor, amigos, me gustaría tener el honor de presentarles a mi hija! ¡Hija preséntate a Henry y a sus cortesanos!

-Encantada de conocerle Sir. Lilliam logró contener sus sentimientos e hizo una reverencia.

-El honor es mío, princesa-dijo Henry, aunque su voz no sonaba tan profunda como la de Christopher, y le dio un beso en la mano izquierda, sin embargo Lilliam lo sintió como cuchillas.

-Bueno, pues si ya hemos acabado de presentarnos, es también un honor tenerles en mi reino y me gustaría que disfrutaran del entretenimiento y del banquete.

Lilliam quería salir de allí. No lograba entender cómo una persona podía deshacerse o entregarle a otra con un simple movimiento de manos o con unas palabras. No quería estar con ese extraño hombre, no le gustaba, quizás sus ojos no veían el dinero como su padre. Él solo quería  monedas y más monedas, no le importaba lo más mínimo qué iba a ser de sus hijas ni su felicidad.

Al cabo de unas horas, cuando por fin terminó el festejo, Edmond volvió a girarse hacia ella.

-El martes uniréis vuestras manos en matrimonio- y la miró con una sonrisa de oreja a oreja.

-Padre, yo no le quiero.

-Vamos, es un buen hombre, te hará feliz.

Lilliam corrió a sus aposentos en busca de consuelo, aunque lo único que consiguió fue llorar y sollozar.

En el momento que amaneció, bajó rápidamente las escaleras, pero, esta vez Christopher no estaba en el salón, así que desayunó sola.

Cuando salió al jardín el sonido de las espadas la condujeron hasta el astuto muchacho, que se encontraba luchando contra un pequeño maniquí de paja.
Christopher distinguió a Lilliam de entre todos los hombres que había en aquellos campos y corrió hacia ella, como si le fuera la vida ello.

Cuando ambos empezaron a dar un paseo, Christopher volvió a ser el que inició la conversación. Le habló de lo hermoso que era su castillo y le agradeció que le dejaran quedarse allí.  En algunos momentos el joven le obsequiaba a la muchacha con muchos halagos. Lilliam decidió contarle lo que su padre tenía guardado  para ella y que no le gustaría casarse con un hombre al que no amaba. El muchacho logró contener sus sentimientos de furia. Él la quería y nunca permitiría que se casara con aquel extraño. Al cabo de unas horas de conversar y sonreir, Lilliam pensó que ya era el momento de volver, aunque ella no quisiera. Christopher le mandó una sonrisa picarona y se fue, pero seguía disgustado.

A la mañana siguiente Lilliam  se dirigió al salón, con la esperanza de que esta vez le encontraría. Parecía que por fin sus pensamientos se habían cumplido, y fue a la mesa junto al joven.  Le encantaba hablar con él y estar a su lado. Era encantador y sus charlas nunca le aburrían. Christopher parecía algo afligido, le apenaba no poder estar más tiempo con ella. 

De nuevo salieron a dar un paseo a escondidas, pero esta vez a caballo. La joven era una espléndida amazona, en cambio él no tanto.

Parecía que aquellos malos tiempos ya estaban desapareciendo. Ese día el sol brillaba más que nunca y Lilliam sentía que nadie podría apartarle de su lado, le apreciaba mucho, le amaba. Christopher odiaba montar a caballo, no se le daba bien dominar a esos majestuosos animales. Juntos caminaron por todo Benethor, hasta que se les hizo de noche.

Al bajar del caballo, Christopher cogió las dos manos de Lilliam y esta le miró a los ojos, no quería volver jamás a ese castillo.  Christopher condujo a Lilliam a la fragua donde ambos pasaron una apasionada noche en el lecho del muchacho. Lilliam nunca olvidaría esa noche, la mejor que tuvo en su vida.
Cuando el sol volvió a salir, Christopher quiso abrazarla con fuerza, pero ella ya no estaba allí. Él, sin pensárselo dos veces, corrió tras su amada.

Lilliam había vuelto al castillo, donde la preparaban para la ceremonia. Su vestido era largo y ceñido, de un color ocre, con dos amplias mangas.  Los detalles de encaje eran de plata y el tocado de su pelo parecía formar una enorme flor.

El herrero estaba desesperado, necesitaba volver a tenerla entre sus brazos, cogerla y arrancarla de las manos de aquel infiel. Corrió y corrío por todo el reino en busca de Lilliam. Cuando alzó la vista, la carroza que ahora disfrutaban los "enamorados" cada vez se alejaba más. De nuevo volvió a apresurarse. Sus pensamientos ahora reflejaban la más pura inquietud y notaba como todo se iba desvaneciendo poco a poco. Christopher volvió a mirarla. Ella aceptaba su destino, sabía que quería a Christopher, aunque no se giraría jamás, era demasiado triste ver como sus deseos se hacía añicos y se fue con la cabeza alta.

Christopher, se detuvo. Ya nada podría parar aquel vehículo. No lograba entender aquella realidad. El muchacho dio marcha atrás dando la espalda a lo que antes había sido un sueño. Sus lágrimas ahora eran de injusticia.

Pero Lilliam, miró atrás. No había nadie. Él ya se había ido. Lilliam se volvió hacia Henry, sabía que nunca le haría tan feliz como lo hizo Christopher. Ella pensó en él y en todos los momentos que habían pasado juntos. Sus noches no serían las mismas, pero ella sabía que aquel muchacho siempre sería el padre del hijo que llevaba en sus entrañas. 

S. U., 3º B

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