miércoles, 30 de mayo de 2012

COMPARTE LO QUE LEES / FERIA DEL LIBRO 2012


Ya ha comenzado la Feria del Libro. Como todos los años, digo que no voy a ir, que hace calor, que yo no necesito una feria para comprar libros… Pero voy a esa romería laica, como todos los años; éste con excusa perfecta: la solidaridad. Son tiempos de crisis y el negocio de los libros va mal. Siento especial simpatía por las librerías de siempre y por las pequeñas editoriales, verdaderamente quijotescas ambas. Llevan ya mucho tiempo peleando con los gigantes, que no son precisamente molinos de viento.


 Nada más empezar el recorrido por las casetas, me reconcilio con el mundo mercantil-librero. En muchas de ellas luce el cartel verde de la enseñanza pública, supongo que el señor Wert también los vio, aunque mirara para otro lado. Veo a los autores firmando sus obras o dispuestos a ello. Algunos gozan de un público fiel y reparten firmas, palabras y sonrisas; otros, permanecen, tras su obra, solitarios, como avergonzados, sin fijar la mirada en el público que pasa, para no dar a entender que están suplicando que alguien los quiera… leer. Luego están los mediáticos, rodeados de curiosos y lectores que quieren ver de cerca esos rostros que ven en la televisión.


 Entre todo eso, busco algo que me interese para hacer mi pequeña ofrenda solidaria con la crisis de los hacedores de libros. Lo encuentro: Réquiem de Ana Ajmátova, poetisa rusa de la que tenía alguna noticia y de la que había leído algún poema, pero que todavía era una prácticamente una desconocida para mí. Lo bueno que tiene la literatura es que es que se extiende por un tiempo y un territorio tan amplio que siempre queda algo por conocer o reconocer.


Ajmátova fue una gran poetisa rusa nacida en 1889. Perteneció a aquella generación de ricos burgueses y nobles rusos que fueron testigos de que el mundo cambiaba. Tenían antepasados tártaros, eran cultísimos, viajaban por el mundo, hablaban lenguas, se paseaban por París como por su casa, hacían vanguardia… Ajmátova fue, además, amada por hombres importantes, inteligentes y artistas. Dicen que el mismísimo Boris Pasternak se dejó embrujar por sus ojos verdes, pero que fue rechazado. No así Modigliani, que la amó –y fue amado- y la dibujó y pintó. En fin, cotilleos aparte, esta poetisa fue una de las representantes del la Edad de Plata de la poesía rusa, formó parte del grupo que quiso abandonar el simbolismo y restablecer el valor semántico de las palabras (acmeístas se llamaban). 


 Cuando triunfó la Revolución Rusa, las cosas no fueron bien para Ana. Al principio, muchos artistas pensaron que en la política, como en el arte, también cabía la vanguardia, capaz de volver el arte al revés, pero el sueño duró poco. No es difícil imaginar a la poetisa como uno de los personajes de El doctor Zivago de su enamorado rechazado. Sensible y nostágica, vio cómo su primer marido, el poeta Nikolái Gumiliov, del que llevaba mucho tiempo divorciada, era acusado de traición y fusilado (1921); poco después, el hijo de ambos fue deportado a Siberia; su tercer marido, el historiador del Arte Nikolái Punin murió en un campo de concentración en 1938; sus libros se prohibieron y también ella fue deportada. 


Entre 1922 y 1940 no publica nada, pero de sus amargas experiencias empiezan a nacer los poemas que formarán Réquiem (1940), obra en la que se plasma su dolor y su desesperación en las largas colas de mujeres –madres y esposas- ante las puertas de la cárcel de Leningrado, donde esperaba para entregar paquetes con ropa y alimentos y los quince rublos necesarios para la manutención de su hijo en la cárcel. Allí compartió el miedo, el dolor y la incertidumbre con otras mujeres, pero ella los convirtió en poesía. 


Murió en 1966 de un ataque al corazón. Un año antes de morir estuvo de paso en París y quiso dar una vuelta por la ciudad para recordar. Fue a la rue Bonaparte, donde había vivido hacía cincuenta años, vio la antigua casa donde residió y le señaló al poeta Adamóvich, que la acompañaba, la ventana del segundo piso por la que tantas veces vio venir y marcharse a Modigliani. Todo quedaba muy lejos. 


Por si a alguien le interesa: 
Ana Ajmátova, Réquiem, Ediciones Torremozas, Madrid


Lola Sevila






Así la vio Modigliani:



Y ahora, un poema:


No. No soy yo. Es otra la que está sufriendo.
Yo no podría sufrir así. Lo que ocurrió
que lo cubran los paños negros.
Y que se lleven los faroles...
La noche.



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